Esta imagen mariana con el Niño, sedente sobre una nube de la que emergen cuatro cabezas aladas de ángeles, ha sido realizada por la escultora utrerana en barro cocido, dorado en oro fino, policromado y estofado. Mide 35 cm de altura y es para una colección particular de La Palma del Condado (Huelva), de ahí la advocación de Virgen de la Palma que ha recibido en honor del nombre de origen romano de dicho municipio onubense.

La Madre sostiene al Hijo sobre sus rodillas mientras muestra al fiel una rosa de pasión, símbolo del tormento futuro al igual que el jilguero que lleva el Niño, lo que unido a la melancolía que ensombrece algo los rostros nos lleva a considerar la escena como un presagio de los designios divinos. Luce también, aunque no se contempla aún en las fotografías, una palma en alusión a su título, cincelada en orfebrería al igual que la flor y la corona.

Las formas de la rosa de pasión encierran los atributos del martirio de Jesús. Respecto al jilguero, alude también a la Crucifixión y al sacrificio de Cristo por la humanidad. En algunas pinturas el pequeño Jesús huye atemorizado al verlo, pero en esta escultura lo agarra firmemente con la mano izquierda al tiempo que bendice al espectador con la derecha, simbolizando la autora con ello la aceptación del Niño a su futura Pasión.

La riqueza decorativa de los ropajes, con motivos vegetales en las túnicas y rocallas en el manto azul de la Señora, delata el gusto de Encarnación Hurtado por los minuciosos detalles heredados del rococó. Otros elementos del pequeño simulacro como la movida distribución de las telas, el coqueto recogido de la toca de la Virgen, las sonrosadas carnes o la complicada disposición de los querubines en el trono celeste subrayan aún más dicha morfología.


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