Cinco esculturas de pequeño formato (cada una de ellas mide, aproximadamente, 30 cm de altura) que van ubicadas en las capillas del paso procesional de la Vuelta del Sepulcro, perteneciente a la hermandad almeriense de la Soledad. Las figuras están talladas en madera de cedro, estofadas en oro fino y policromadas al óleo. Representan a Santa Lucía y a los profetas Jeremías, Isaías, Ezequiel y Daniel.

Pese a su reducido tamaño, la escultora despliega su enorme talento a la hora de diversificar los rostros de estas estatuillas para Almería, moldear sus pesados y ampulosos ropajes, agitar sus cuerpos y pormenorizar hasta el más nimio de sus detalles.

Santa Lucía, por ejemplo, responde a la iconografía religiosa clásica, llevando en su mano izquierda una bandeja con sus dos ojos sobre ella. La joven mártir del cristianismo dirige su bello y afectado semblante hacia el cielo mientras la mano derecha reposa sobre el pecho.

El profeta Isaías, representado como un hombre maduro, moreno y de larga barba, porta un pergamino con su nombre y la sierra con la que, según la tradición, fue martirizado y cortado en dos. Es uno de los profetas más importantes del cristianismo, ya que, además de la Anunciación y la Encarnación, vaticinó la llegada del Mesías y llamó a la renovación espiritual del pueblo.

Por su parte, Jeremías muestra el gesto triste y afligido, al ser el profeta de la lamentación y del diálogo desconsolado con Dios. Presenta una fisonomía similar a Isaías. Suele portar también una cruz en la mano que indica la pasión y el sentimiento de su predicación.

Daniel, cabizbajo y apuesto, se halla en actitud de acariciar un león que roza cariñosamente su pierna. El animal simboliza el foso de los leones al que Daniel fue arrojado y en el que no recibió daño alguno por parte de las numerosas fieras que le rodeaban. A diferencia de Isaías y Jeremías, sus rasgos son jóvenes, carece de barba y no lleva el típico tocado judío en la cabeza.

Por último, Ezequiel, coetáneo de los dos anteriores, aparece con el torso semidesnudo y el rostro tornado hacia la Jerusalén sitiada, tal y como narran los textos sagrados. Curtido y con larga barba blanca, su escorzo recuerda los tipos berruguetescos. Este profeta es también muy importante ya que su visión del llamado "Carro de Yahveh" constituyó el origen de la iconografía de los cuatro evangelistas.


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