Imágenes para el paso de misterio de la Muy Antigua, Real e Ilustre Hermandad y Primitiva Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santa Cruz en Jerusalén, Nuestra Señora de la Amargura y San Juan Evangelista, con sede en la Iglesia de la Caridad del municipio gaditano de Sanlúcar de Barrameda. Desde el año 2007, la venerada imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno ostenta el título de Alcalde Perpetuo de la ciudad.

Se trata de dos tallas de bulto redondo que representan a San Gabriel y al Santo Ángel Custodio, y de un altorrelieve con partes exentas que recrea la Alegoría Cristiana del Pelícano. Este último está situado en la trasera del paso.

San Gabriel es uno de los tres Arcángeles que menciona la Biblia, junto a San Rafael y San Miguel, los cuales ya están integrados por sendas esculturas de Encarnación Hurtado dentro de la decoración escultórica del paso del Nazareno sanluqueño. En este caso, San Gabriel presenta una singular iconografía, ya que asume el papel de Santa Verónica y despliega entre sus manos el lienzo en el que ha quedado impresa la santa faz del Nazareno, reproduciendo la autora los rasgos del Nazareno de Sanlúcar de Barrameda, imagen original del siglo XVII y reformada en el año 1782.

Por su parte, el Ángel Custodio o Ángel de la Guarda, devoción angélica estrechamente ligada a la anterior, no adopta un papel pasionista ni un gesto desconsolado como la figura de San Gabriel, sino que se ajusta a su iconografía tradicional de protector, arropando bajo sus alas (extendidas y policromadas en varios colores, al igual que San Gabriel) a un niño que sí parece hallarse sumido en el trance pasionista de Nuestro Padre Jesús Nazareno, tanto por la mirada elevada como por la actitud compasiva que se desprende del semblante y los brazos.

Respecto al pelícano, cuyo pecho rompe para alimentar a sus hijos de sus entrañas, está también labrado siguiendo la corriente tradicional de este simulacro, que simboliza en la teología cristiana la Eucaristía instituida por Cristo durante su Última Cena, convirtiendo su propia sangre en vino y ofreciéndosela a sus primeros discípulos. La idea es que Jesús murió de igual modo por la humanidad, con lo cual, además del misterio eucarístico, se ilustra su acción redentora.

Las tres piezas labradas en madera de cedro, policromada, dorada y estofada. Todas ellas, siguiendo el estilo habitual de Encarnación Hurtado Molina, exhiben una concepción majestuosa e imponente pese a su reducido formato, así como un impecable acabado escultórico y polícromo, con escorzos y vuelos en las figuras angélicas que recogen lo mejor de los maestros del Barroco sevillano del XVIII, tales como Pedro Duque Cornejo o Benito de Hita y Castillo.


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